Nuestras raices son van unidas a la inmigración. ¿Quién no conoce a alguna persona que durante el franquismo tuvo que emigrar para conseguir una vida mejor o en su defecto conservarla?
Hoy por hoy el fenómeno se repite, lo unico que cambia es que son otros los que deben adaptarse a nuestra forma de vida, sin embargo muchos se permiten y debo decir que aveces todos nos permitimos, mirar con arrogancia a aquel que se deja parte de su vida en un lugar en el que sus raices tanto sentimentales como territoriales no coinciden.
La universidad de Córdoba presentó recientemente un estudio en el que afirmaba que la mayoria de las personas que trabajan en el hogar de forma remunerada son extranjeras y que su trato, bejatorio por naturaleza ya que a nadie agrada satisfacer las necesidades del hogar de unos ajenos, dejando en la mayoria de los casos, insatisfechas la de los tuyos que se encuentran a kilometros de distancia; es incluso peor en el caso en el que la nacionalidad del pasaporte del empleado no coincide con la del empleador.
Tampoco es un hecho desconocido, que hay personal de la construcción obligado a firmar unas nominas que se darán por legales pero que cuya realidad cumple la ilegalidad moral del explotador que un día los contrato.
Como antes anticipaba, la normalidad de una sociedad presuntamente tolerante, tiene unos datos que niegan lo que muchos, ilusos de nosotros, creíamos como un paso hacia un futuro de igualdad tan bonito como se lee cuando se habre la Constitución española.